lunes, 31 de julio de 2017

Reflexiona cada día

Ser lañas

Hasta no hace mucho tiempo, existía el oficio de los lañadores, dedicados a unir con lañas, o grapas, objetos de barro y loza, rotos y agrietados por el uso diario. Por fuera, las vasijas lañadas muestran la fragilidad de un barro quebradizo, que necesita de la rudeza de las lañas, para seguir siendo útil. Por dentro, las grietas y fisuras de la loza aparecen perfectamente ensambladas y unidas, sin que apenas parezca que ese barro estuvo antes roto. Somos también nosotros frágiles vasijas de barro, que nos rompemos a menudo con el roce de las cosas, del activismo, de las prisas y agobios del día a día. Vivimos, a veces, con el alma tan rota por el pecado y el desorden, que se nos vierte en nada ese poco de Dios, que apenas cabe dentro. Se nos desparrama esa vida interior por muchas grietas, sólo porque no dejamos que este Lañador divino nos recomponga con las lañas de su gracia.

Tu alma lañada, tantas veces rota por el pecado y tantas veces reparada por la gracia, te enseña a valorar la ruda belleza de las lañas. No importa si la vasija está rota, si las lañas son toscas y duras. Importa que esas lañas te enseñan tu vocación. Has de ser laña y lañador para muchos hermanos tuyos, que buscan a Dios entre los trozos y la broza de un alma vacía de felicidad. Somos barro, y en ese barro aprendemos a vivir lo que somos. Pero, tu alma lañada por la gracia resplandece de una belleza infinita, que transforma tu pobre barro en un reflejo de la gloria divina. 
Serás buen lañador para otros, si aprendes a ponerte en las manos de este Alfarero divino, que te modela a su imagen en el torno de tu día a día. La belleza de las lañas resplandece sólo allí done el alma se rompe. Tus grietas, tus fisuras, tus caídas, tus pecados son ocasión para que las lañas de la misericordia divina embellezcan más tu alma.